Escudo


Mensaje Del Escudo Episcopal


Dios en su infinito amor ha querido automanifestarse; el misterio de nuestro Dios uno y trino se autocomunica, haciéndose para nosotros divina providencia en Jesucristo el Hijo encarnado.


Nuestro Señor Jesucristo, en respuesta a ese amor, se entrega al Padre ofreciéndose a sí mismo como víctima perfecta y pacificadora en el altar de la cruz gloriosa -instrumento y camino que conduce a la vida- y en virtud de su resurrección lleva a plenitud su misterio pascual, consumando así la redención del género humano.


El Hijo de Dios ha querido insertarse en nuestra historia, nuestra tierra, nuestra realidad concreta, para indicarnos el camino, el cómo vivir en este mundo que con su diversidad de culturas, tradiciones, idiomas, costumbres, etc., se va desarrollando; un mundo que sólo al lado de Cristo y bajo su guía se convierte en verdes pastos donde su rebaño sencillo y fiel puede reposar, alimentarse y encontrar la paz.


Ejemplos de esta vida en Cristo lo son La Santísima Virgen María de Guadalupe, modelo de evangelización inculturada, a cuyo amparo está encomendada esta Diócesis de Atlacomulco, y San José, modelo de fidelidad a Dios en la sencillez y el silencio, patrono de la tierra que ahora entrega al nuevo pastor de esta Iglesia particular; testigos vivos que ahora son para nosotros poderosos intercesores en el seguimiento de Cristo y en el cumplimiento de la misión que él mismo encomendó a su Iglesia: la construcción del Reino de Dios entre nosotros.


El Señor resucitado es nuestra paz (Cf. Ef 2,14), paz que el mundo no da, que el mundo no entiende, paz que se alcanza con la oración humilde y de rodillas ante él, paz que sólo Cristo da.


Paz que al mismo tiempo es fuerza para la acción, para el trabajo en favor de la verdad y de la vida, de la justicia y de la santidad, del amor y de la misma paz. Hasta que Cristo resucitado entregue a la majestad infinita de Dios Padre un Reino eterno y universal.

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