Cuaresma


II Domingo. Ciclo A


Autor: Padre Oscar Balcázar Balcázar

 

 

Génesis 12, 1-4a; Salmo 32; 2 Timoteo 1, 8b-10; Mateo 17, 1-9

 

Siguiendo en el itinerario cuaresmal, hoy la liturgia nos presenta a Cristo transfigurándose delante de los discípulos. Debemos considerar que este relato se encuentra luego de la confesión de fe de Pedro, a quien Cristo le dijo: “... esto no te lo ha revelado ni la sangre ni la carne...”. Entonces aquí tenemos una clave para entrar en el texto, y en lo que el evangelista quiere transmitir. Pues el hecho de la transfiguración, tampoco es un hecho que ellos, los discípulos, puedan comprender con la razón, sino por el Don de lo alto, no por casualidad el evangelista pone en la boca del Padre la expresión: “... escuchadlo...”. Y así como Cristo, cuando es llevado al desierto, rechaza a Satanás, diciéndole que el hombre vive de toda palabra que sale de la boca de Dios. Cristo, es esta misma Palabra que ha salido del seno del Padre y se ha encarnado. Éste es el don, el misterio que se revela, y en esta orientación se mueve la liturgia de esta semana.

Se ofrece una breve reflexión de cada lectura para luego pasar al comentario de la presente semana. En la segunda lectura san Pablo le dice a Timoteo “…sufre conmigo por el evangelio…”. Esta haciéndole presente, que ahora se trata del sufrimiento y la renuncia que lleva seguir a Cristo, quien ha sufrido y resucitado. Y es en este sufrimiento que la transfiguración y la pasión forman una unidad. Se hace patente a través de estos dos momentos, el designio de Dios de destruir la muerte por la resurrección de Jesús. Pablo ha tenido la ocasión de comprender está unidad desde su conversión, y esto es lo que manifiesta en sus palabras.

La primera lectura nos muestra en el destino de Abraham un primer anuncio de la transfiguración y la pasión. En la obediencia del patriarca, que abandona todo lo que posee –nación, casa, parientes- se concreta la promesa de una bendición universal procedente de su fidelidad a Dios. Esta bendición, incomparable, sólo puede irradiar de un hombre que por amor a Dios y siguiendo sus instrucciones ha dejado todo cuanto tiene, demostrando una total confianza y abandono en Dios; de lo contrario esta bendición hubiese permanecido sólo ligada a él y a sus bienes. 

Estos bienes y la bendición de Dios quedan garantizados cuando de Abraham se dice: “…Tu nombre será una bendición…”. En la renuncia total se encuentra la fecundidad ilimitada, esta es la idea, el título que Israel pone sobre su historia y que llegará a su pleno cumplimiento con el Mesías.

En el evangelio, el relato de la Transfiguración, que tradicionalmente se encuentra en el tiempo de Cuaresma, viene a recordarnos que esta manifestación de la gloria de Jesús tiene lugar después de haber dicho a sus discípulos que estaba dispuesto a subir a Jerusalén, para padecer y morir allí.

Los discípulos tendrán miedo y huirán cuando Jesús sea arrestado, y también aquí ante la Transfiguración – la teofanía- “…cayeron de bruces llenos de espanto…”. Sin embargo, su miedo no podrá impedirles comprender lo esencial de este acontecimiento divino. Sobre la montaña verán el cielo abierto y serán testigos de una epifanía del Dios trinitario. El Padre les muestra a su Hijo predilecto, al que han de oír, y el Espíritu Santo, en forma de nube luminosa que les cubre con su sombra, los introduce en la órbita del misterio. Pero, sólo después de Pascua podrán realmente oír y comprender todo. Sólo la triple pregunta del Resucitado, librará a Pedro del miedo de la Pasión, un miedo semejante al que siente ahora en la transfiguración que le lleva a querer construir las tres chozas. A través de sus cartas posteriores, Pedro se convertirá en el testigo de ambos acontecimientos y de su relación.

San León Magno, en su discurso 53, comentando este evangelio, nos introduce en una perspectiva, que según mí entender nos puede ayudar a profundizar en la celebración litúrgica de esta semana. Y dice: “…la transfiguración significa también un signo de esperanza,...”. No podemos decir, que no es importante lo que ya muchos autores han dicho y dicen, de que en este texto Cristo se revela como el Hijo del Padre, y se manifiesta glorioso, como un signo que anticipa su victoria sobre la muerte, que Elías y Moisés representan la ley y los profetas. Pero también queremos señalar, que Cristo en todo su magisterio ha ido preparando a sus discípulos para el momento del escándalo de su pasión y de su muerte en Cruz.

En la segunda lectura Pablo dice: “... Él ha vencido la muerte, manifestándose la vida e inmortalidad...”. Y, por qué Pablo puede confesar esta verdad, porque en él, el don de la Palabra lo ha introducido en el misterio de la salvación de Dios. Por eso, debemos tener en cuenta que la vida cristiana es una vida que se nos tiene que revelar, porque Cristo hoy se nos revela, dándonos a conocer; no sólo quien es Él, sino a lo que estamos siendo llamados si lo acogemos.

En el hecho de la transfiguración, aplicándola a nuestra vida, podemos decir que en la medida que participamos de la vida divina, así como el Padre se complace en el Hijo, también se complacerá en nosotros, porque en el Hijo está contemplado su amor, su voluntad; e igualmente, el Padre de la Misericordia quiere contemplar en nosotros su obra. En este punto retomamos lo que habíamos anticipado en la introducción, si el don que introduce al misterio es acogido por el hombre, tiene la potencia de transformar-transfigurar la vida de nosotros los hombres: “...este es mi Hijo amado, escuchadlo...”. 

De esta manera, para no dispersarnos en los argumentos, tenemos que el escuchar al hijo y acoger esta Palabra del Padre, que se ha encarnado por nosotros, nos hace partícipes de su vida divina. Pero el participar de la vida de Dios, significa, no sólo haberla recibido sino vivirla. Por eso, el tiempo de cuaresma es para poder vivir o retomar la vida cristiana en el complacimiento del Padre, y aquí añadimos lo que decíamos de san León Magno: vivir nuestra vida en esperanza; sólo así confiados con la esperanza puesta en Cristo, Palabra del Padre, viviremos como Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: “... nos ha salvado para una vocación santa...”, o dicho de otra manera: en la complacencia del Padre.

Pero, alguno se preguntará: ¿por qué es necesario vivir en la complacencia del Padre? Tenemos que decir inmediatamente: Dios no necesita de nosotros, somos nosotros los que necesitamos ser ayudados. Al respecto viene a ilustrarnos la primera lectura, donde tenemos a Abraham, signo del hombre que busca la realización humana de su existencia, pero que sólo vive en la frustración. La historia de Abraham la conocemos, por lo tanto señalo algunas líneas importantes.

Es invitado a salir de su territorio, por medio de una palabra escuchada y acogida por él.
En el contexto del evangelio, salir del territorio, dejar la patria, es despojarse del hombre de la carne, y poder ser transformados en Cristo, el hombre nuevo, que nos ha abierto nuevamente las puertas del cielo, encaminándonos a la tierra que se le ofreció a Abraham. Pero esta obra de Cristo no será posible en nuestra vida, si no escuchamos la Palabra del Padre, que es siempre una invitación a acogerla. Pues, sólo si la acogemos como baluarte de esperanza y garantía de la fidelidad del amor de Dios para con nosotros, podemos llegar a ser complacencia ante los ojos de Dios y de los hombres que necesitan conocer la buena noticia del Amor de Dios.

Hoy el hombre contemporáneo –aún teniendo todo-, busca, como Abraham salir de su frustración y de una vida infecunda, y aún teniendo los medios que dispone, vive sin conseguirlo; y podríamos decir también lo mismo de aquellos que no disponen de los medios. Por eso, el hecho de la Transfiguración del Señor, que hoy celebramos, es una llamada a la esperanza, a vivir en la esperanza verdadera, ya que en Cristo estamos llamados a vivir una vida en plenitud.