Cuaresma


IV Domingo. Ciclo A


Autor: Padre Oscar Balcázar Balcázar

 

 

Sof 2, 3; 3, 12-13; Sal 145; 1Co 1, 26-31; Mt 5, 1-12

 

Viendo la muchedumbre, subió al monte, se sentó, y sus discípulos se le acercaron. Y tomando la palabra, les enseñaba diciendo: "Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos. Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en los cielos; pues de la misma manera persiguieron a los profetas anteriores a vosotros.

En el evangelio de esta semana escuchamos resonar el anuncio de las Bienaventuranzas, Jesús dice: «…Bienaventurados los pobres de espíritu, los que lloran, los mansos, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos, los puros de corazón, los artífices de paz, los perseguidos por causa de la justicia…». Sin embargo en el camino de la vida cristiana, que son las bienaventuranzas, a quien debemos mirar como el bienaventurado por excelencia es a Jesús. Como nos dice el Papa Benedicto XVI: «… En efecto, Él es el verdadero pobre de espíritu, el que llora, el manso, el que tiene hambre y sed de justicia, el misericordioso, el puro de corazón, el artífice de paz; Él es el perseguido por causa de la justicia. Las Bienaventuranzas nos muestran la fisonomía espiritual de Jesús y así manifiestan su misterio de muerte y resurrección, de pasión y de alegría de la resurrección. Este misterio, que es misterio de la verdadera bienaventuranza, nos invita al seguimiento de Jesús y así al camino que lleva a ella...» (BENEDICTO XVI, Homilía, 1 de noviembre de 2006).


En la primera lectura el profeta Sofonías invita al pueblo de Israel a vivir en la moderación, la pobreza, la humildad, la honradez, buscando la paz y la verdad. Anuncia que Dios no aprecia a los ricos y pagados de sí, o sea, a los que confían y se apoyan en sus propias fuerzas, el «resto de Israel» lo conformarán los humildes, los que ponen su confianza en Dios. Porque en la presencia de Dios no van a ser felices los malvados y los que hacen su propia voluntad, sino los humildes. Dios ayuda a los que sufren, a los que están en búsqueda, mientras que trastorna el camino de los malvados. La Sabiduría y los Salmos nos recuerdan la precariedad y provisionalidad de todos los bienes de este mundo. Pero la antigua Alianza no reconoce todavía la pobreza voluntaria, como tampoco la renuncia voluntaria a toda violencia, a todo afán de poder. Sólo a través de la misión de Cristo llegará el conocimiento del amor espontáneo de Dios, vivido de manera radical a través del mandamiento del amor.


San Pablo en la segunda lectura insiste en la actitud de la humildad cristiana, no hay porque gloriarse de los propios méritos y fuerzas: «...quien se gloríe, que se gloríe en el Señor,...». Dios quiere darnos una lección de humildad, porque elige a personas que según los criterios de este mundo serían ineficaces, aquellos que no tienen una valía en los parámetros mundanos, pero que con su ayuda logran cosas notables. Mientras que los orgullosos quedan vacíos y avergonzados.


El Evangelio nos pone de manifiesto que para seguir al Señor es necesaria una transformación profunda de corazón una metanoia. Los Bienaventurados son aquellos que son elegidos por Dios, no por la apariencia, sino porque Dios ve el corazón del hombre; incluso su mente, como dicen los proverbios. San Mateo nos explica que la sola pobreza material, como tal, no garantiza necesariamente la cercanía a Dios, porque el corazón puede estar duro y lleno de afán de riqueza. Pero nos da a entender que, en cualquier caso, Dios está cercano a los pobres de un modo especial. Así, resulta claro que el cristiano ve en ellos a Cristo. Quien quiera seguir a Cristo de un modo radical, debe renunciar a sus proyectos. Debe vivir la pobreza a partir de Cristo, como un modo de llegar a ser interiormente libre para el prójimo. Se nos presentan así dos categorías, dos mundos. A la categoría de los bienaventurados pertenecen los pobres, los hambrientos, los que ahora lloran y los que son perseguidos y proscritos a causa del Evangelio. A la categoría de los desventurados pertenecen los ricos, los saciados, los que ahora ríen y los que son llevados en la palma de la mano por todos. 


Es muy oportuno en este comentario citar la Homilía, que pronunció en el Monte de las Bienaventuranzas, el Siervo de Dios Juan Pablo II: «… como los primeros discípulos, escuchamos a Jesús. En la quietud, escuchamos su apacible y apremiante voz, apacible como esta tierra, y apremiante como el llamado a escoger entre la vida y la muerte. ¡Cuántas generaciones antes que nosotros se han conmovido con el Sermón de la Montaña! Los primeros que escucharon las Bienaventuranzas de Jesús llevaban grabado en su corazón el recuerdo de otro monte, el Monte Sinaí el lugar donde Dios habló a Moisés y le dio la Ley «escrita por el dedo de Dios» (Éx 31, 18) en tablas de piedra. Estas dos montañas, el Sinaí y el Monte de las Bienaventuranzas, nos sirven de guía, a modo de mapa, de la vida cristiana y como un sumario de nuestros deberes para con Dios y el prójimo. La Ley y las Bienaventuranzas señalan el camino para seguir a Cristo y el camino real de madurez espiritual y libertad (…) constituyen un desafío que exige una profunda y constante «metanoia» del espíritu, una conversión del corazón. Y esta voz parece no tener sentido en un mundo en el que triunfan con frecuencia los violentos y en el que da la impresión de que los deshonestos tienen éxito. Jesús ofrece un mensaje muy diferente. Su llamado exige una elección entre las dos voces que compiten por ganar nuestro corazón, es la elección entre el bien y el mal, entre la vida y la muerte. Confiar en Jesús significa querer creer en lo que Él dice, por más raro que parezca, y que rechazamos las seducciones del mal, por más razonables o atractivas que puedan parecer. Ser buenos cristianos en el mundo puede parecer algo superior a nuestras posibilidades en el mundo de hoy. Sin embargo, Jesús no se queda con los brazos cruzados y no nos deja solos a la hora de afrontar este reto. Siempre está con nosotros para transformar nuestra debilidad en fuerza. Creed en él cuando nos dice: «Mi gracia te basta, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza» (2 Cr 12, 9)…» (Celebración Eucarística en el Monte de las Bienaventuranzas, Korazím, 24 de marzo de 2000).


En el umbral de la Cuaresma, la Iglesia nos hace ver el proyecto de Dios para con nosotros: Ser bienaventurados, ser otros Cristos en este mundo. La Cuaresma vendrá en ayuda nuestra a llevarnos a que se recree en nosotros nuestra condición de ser imagen y semejanza de Dios.